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    SEMBLANZAS LITERARIAS EN TORNO A BOLIVAR
    Escrito por Administrador   
    sábado, 17 de julio de 2010

    Bolívar tenía la frente alta pero no muy ancha y surcada de arrugas desde temprana edad –indicio del pensador-. Pobladas y bien formadas las cejas; los ojos negros, vivos y penetrantes; la nariz larga y perfecta; tuvo en ella un pequeño lobanillo que le preocupó mucho, hasta que desapareció en 1820 dejando una señal casi imperceptible. Los pómulos salientes, las mejillas hundidas desde que le conocí en 1818. La boca fea, los labios gruesos. La distancia de la nariz  a la boca era notable. Los dientes blancos, uniformes y bellísimos; cuidábalos con esmero; las orejas grandes pero bien puestas; el pelo negro, fino y crespo; lo llevaba largo en los años de 1818 a 1821en que empezó a escanecer y desde entonces lo usó corto. Las patillas y bigotes rubios; se los afeitó por primera vez en Potosí en 1825. Su estatura era de cinco pies, seis pulgadas inglesas. Tenía el pecho angosto y el cuerpo delgado, las piernas sobre todo. Las piel morena y algo áspera. Las manos y los pies pequeños y bien formados, que una mujerhabría envidiado. Su aspecto, cuando estaba de buen humor, era apacible, pero terrible cua


    CAPÍTULO IX
    RETRATOS LITERARIOS DEL LIBERTADOR


    Enero de 1818. Semblanza por el General José Antonio Páez
    Transcrito de la autobiografía de Páez, Caracas, 1888, por Juan Manuel Arocha, Iconografía Ecuatoriana del Libertador, Quito 1943, p.38. esta semblanza difiere algo de la transcrita por Busaniche, de las Memorias de Páez, pp. 170 y 171 de la edición de Madrid, Bibl. Ayacucho.


    Hallábase entonces Bolívar en lo más florido de sus años y en la fuerza de la escasa robustez que suele dar la vida ciudadana. Su estatura, sin ser procerosa, era, no obstante, suficientemente elevada para que la desdeñase el escultor que quisiera representar a su héroe; sus dos principales distintivos consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y el brillo de sus ojos, que eran negros, vivos, penetrantes e inquietos, con mirar de águila, circunstancia que suplía con ventaja a lo que la estatura faltaba para sobresalir entre sus acompañantes. Tenía el pelo crespo, los pies y las manos tan pequeños como los de una mujer, la voz aguda y  penetrante. La piel tostada por el sol de los trópicos; conservaba no obstante la limpidez y lustre que no había podido arrebatarle los rigores de la intemperie ni los continuos y violentos cambios de latitud por los cuales había pasado en sus marchas. Para los que creen hallar las señales del hombre de armas en la robustez atlética, Bolívar hubiera perdido en ser conocido lo que hubiera ganado en ser imaginado; pero  el artista, con una sola ojeada, y cualquier observador que en él se fijase, no podría menos de descubrir en Bolívar los signos externos que caracterizan al hombre tenaz en sus propósitos, y apto para llevar a cabo empresa que requiere gran inteligencia y la mayor constancia del ánimo.

    A pesar de la agitada vida que hasta entonces había llevado, capaz de desmedrar la más robusta constitución, se mantenía sano y lleno de vigor; el humor alegre y jovial, el carácter apacible en el trato familiar; impetuoso y dominador cuando se trataba de acometer empresa de importantes resultados; hermanando así lo amable del cortesano con lo fogoso del guerrero.

    Era amigo de bailar, galante y sumamente adicto a las damas, y diestro en el manejo del caballo: gustábale correr por las llanuras del Apure, persiguiendo a los venados que allí abundan. En el campamento mantenía el buen humor con oportunos chistes, pero en las marchas se le veía siempre algo inquieto, procuraba distraer su impaciencia entonando canciones patrióticas. Amigo del  combate, acaso los en demasiado, y mientras duraba, tenía la mayor serenidad. Para contener a los derrotados no escaseaba ni el ejemplo, ni la voz, ni la espada.

    1818. Daniel Florencio O´Leary
    En Angostura
    D.F. O´Leary, Bolívar y la emancipación de Sur América. Madrid, S.A., Tomo I, p. 582 (Esta transcripción es tomada de Busaniche, o.c., pp. 65, 66,67).

    Conocí entonces al Libertador, y aunque el bosquejo que de él transcribo en seguida fue escrito muchos años después de aquella época, varió él tan poco en su aspecto físico y en su carácter moral, que casi no difiere del personaje que en 1818 me recibió con benevolencia y aprobó mi conducta.

    Bolívar tenía la frente alta pero no muy ancha y surcada de arrugas desde temprana edad –indicio del pensador-. Pobladas y bien formadas las cejas; los ojos negros, vivos y penetrantes; la nariz larga y perfecta; tuvo en ella un pequeño lobanillo que le preocupó mucho, hasta que desapareció en 1820 dejando una señal casi imperceptible. Los pómulos salientes, las mejillas hundidas desde que le conocí en 1818. La boca fea, los labios gruesos. La distancia de la nariz  a la boca era notable. Los dientes blancos, uniformes y bellísimos; cuidábalos con esmero; las orejas grandes pero bien puestas; el pelo negro, fino y crespo; lo llevaba largo en los años de 1818 a 1821en que empezó a escanecer y desde entonces lo usó corto. Las patillas y bigotes rubios; se los afeitó por primera vez en Potosí en 1825. Su estatura era de cinco pies, seis pulgadas inglesas. Tenía el pecho angosto y el cuerpo delgado, las piernas sobre todo. Las piel morena y algo áspera. Las manos y los pies pequeños y bien formados, que una mujerhabría envidiado. Su aspecto, cuando estaba de buen humor, era apacible, pero terrible cuando irritado; el cambio era increíble.

    Bolívar tenía siempre buen apetito, pero sabía sufrir hambre como nadie. Aunque grande apreciador y conocedor de la buena cocina, comía con gusto los sencillos y primitivos manjares del llanero o del indio. Era muy sobrio; sus vinos favoritos eran grave y champaña; ni en la época en que más vino tomaba, nunca le vi beber más de cuatro copas de los de aquel y dos de éste.

    Hacía mucho ejercicio. Nunca he conocido a nadie que soportase como él las fatigas. Después de una jornada que bastaría para rendir al hombre más robusto, le he visto trabajar cinco o seis horas, o bailar otras tantas, con aquella pasión que tenía por el baile. Dormía cinco o seis horas de las veinticuatro, en hamaca, en catre, sobre cuero o envuelto en su capa en el suelo y a campo raso, como pudiera hacerlo sobre blanda pluma. Su sueño era tan ligero y su despertar tan pronto, que no a otra coa debió la salvación de la vida en el Rincón de los Toros. En el alcance de la vista y lo fino del oído no le aventajaban ni los llaneros. Era diestro en el manejo de las armas y diestrísimo y atrevido jinete, aunque no muy apuesto a caballo. Apasionado por los caballos, inspeccionaba personalmente su cuidado y en campaña o en la ciudad visitaba varias veces al día las caballerizas. Muy esmerado en su vestido y en extremo aseado, se bañaba todos los días, y en tierras calientes hasta tres veces al día.

    Prefería la vida del campo a la de la ciudad. Detestaba a los borrachos y a los jugadores y embusteros. Era tan leal y caballeroso que no permitía que en su presencia se hablase mal de los otros. La amistad era para él palabra sagrada. Confiado como nadie, si descubría engaño o falsía no perdonaba al que de su confianza hubiese abusado. Su generosidad rayaba en lo pródigo. No sólo daba cuanto tenía suyo, sino que se endeudaba para servir a los demás. Pródigo con lo propio, era casi mezquino con los caudales públicos. Pudo alguna vez dar oídos a la lisonja, pero le indignaba la adulación. Hablaba mucho y bien; poseía el raro don de la conversación, y le gustaba de referir anécdotas de su vida pasada… Tenía el don de la persuasión y sabía inspirar confianza a los demás… a estas cualidades se deben en gran parte los asombrosos triunfos que obtuvo en circunstancias tan difíciles, que otros hombres, y sin su temple de alma, se hubiesen desalentado. Genio creador, éralo en mayor grado en la adversidad. Bolívar derrotado era más temible que vencedor, decían sus enemigos. Los reveses le hacían superior a sí mismo…

    Mayo de 1818. Semblanza por el coronel inglés Hippisley
    En San Fernando de Apure
    Traducido de Histoire de l´éxpedition aux rivieres del I´Orenoque et d´Apure… del Coronell Hippisley. París, 1819, por José Luis Busaniche en “Bolívar”, México, 1960, p.62.

    …Pude observar con atención al General americano mientras él hablaba con mi intérprete. Si consideraba yo todo cuanto había oído hablar de él, se me hacía difícil identificarlo con la persona que ahora tenía ante mis ojos. Bolívar es hombre de mezquina apariencia, a quien se le darían cincuenta años de edad y no cuenta más que treinta y ocho. Tiene cinco pies y seis pulgadas de estatura; es flaco y pálido el rostro alargado ofrece todos los síntomas de la inquietud, de la ansiedad, y hasta podría agregarse, del desaliento y la desesperación.

    Daba la impresión de haber experimentado grandes fatigas. Sus grandes ojos oscuros que otrora fueron brillantes, aparecían en aquel momento apagados y abatidos. Llevaba los cabellos negros atados con  una cinta en la parte posterior de la cabeza. Lucía grandes bigotes negros y ostentaba un pañuelo negro alrededor del cuello; vestía casaca militar, pantalones azules y botas con espuelas. Todo su aspecto apenas si respondía a la idea que yo me había formado del jefe de los independientes. En medio de la pieza estaba suspendida  una hamaca sobre la cual Bolívar tan pronto se sentaba como se acostaba o se inclinaba mientras yo estaba hablando, porque raramente se mantenía dos minutos en la misma posición…

    Agosto de 1819. Relato de Juan Pablo Carrasquilla
    En Bogotá

    Este relato fue registrado por Alejandro Barrientos. Cartas de Bolívar, con notas de R. Blanco Fombona, p. 268, París, 1913. Es transcrito de la p. 89 del “Bolívar”, de, Busaniche, o.c.
    Yo estuve presente cuando llegó el Libertador a palacio. Se desmontó con agilidad y subió con rapidez la escalera. Su memoria era felicísima, pues saludaba con nombre y apellido a todas las personas a quienes había conocido en 1814. Sus movimientos eran airosos y desembarazados. Vestía casaca de paño negro, de las llamadas cola de pajarito, calzón de cambrún blanco, botas de caballería, corbatín de cuero y morrión de lo mismo. Tenía la piel tostada por el sol de los llanos, la cabeza bien modelada y poblada de cabellos negros, ensortijados. Los ojos negros, penetrantes y de una movilidad eléctrica. Sus preguntas y respuestas eran rápidas, concisas, claras y lógicas. Su inquietud y movilidad eran extraordinarias. Cuando hablaba o preguntaba, cogía con las dos manos la solapa del frac; cuando escuchaba a alguien cruzaba los brazos.

    Julio de 1822. José de San Martín
    En Guayaquil

    Transcrito por Busaniche, o.c., pp.113, 114, de Gabriel Lafond. Voyages autour du monde et naufrages célebres, París, 1844.

    No he visto al General Bolívar sino durante tres días, cuando estuve con él en Guayaquil; por lo tanto, y en un tiempo tan corto, sino me fue imposible por lo menos me resultó difícil apreciar con exactitud a un hombre que a primera vista no predisponía en su favor. Sea como fuere, he aquí la idea que me formé según mis propias observaciones y las de algunas personas imparciales que vivieron con él en su intimidad.

    El General Bolívar demostraba tener mucho orgullo, lo que parecía en contradicción con su costumbre de no mirar nunca de frente a la persona que le hablaba, a menos que fuese muy inferior a él. Pude convencerme de su falta de franqueza en las conferencias que tuve con él en Guayaquil, porque no respondió de modo positivo a mis proposiciones sino siempre en términos evasivos. El tono que usaba con sus generales era en extremo altanero y poco apropiado para conciliar su afecto. Advertí también, y él mismo me lo dijo, que los oficiales ingleses que servían en su ejército eran quienes le merecían confianza. Por lo demás sus maneras eran distinguidas y revelaban la buena educación que había recibido.

    Su lenguaje era en ocasiones un poco trivial, pero me pareció que este defecto no era natural en él y quería, de esa manera, darse un aire más militar. La opinión pública lo acusaba de una desmedida ambición y de una sed ardiente de mando, y él se ha encargado de justificar plenamente ese reproche. Se le atribuía también un gran desinterés y esto con justicia porque ha muerto en la indigencia.

    Bolívar era muy familiar con el soldado y le permitía licencias no autorizadas por las leyes militares, pero lo era muy poco con sus oficiales, a los que a menudo trataba de manera humillante.

    En cuanto a los hechos militares de ese General, puede decirse que le han merecido, y con razón, ser considerado como el hombre más asombroso que haya producido la América del Sur. Lo que le caracteriza por sobre todo y forma, por así decirlo, su sello especial, es una constancia a toda prueba, que se endurecía contra las dificultades, sin dejarse jamás abatir por ellas, por grandes que fueran los peligros a que se hubiera arrojado su espíritu ardiente.

    1° septiembre, 1823. Robert Proctor
    En Lima

    Transcrito por Busaniche, o.c., p.117, de Robert Proctor, Narraciones de viajes por la cordillera de los Andes y residencia en Lima, etc., trad. De Carlos Aldao, Buenos Aires, 1920.
    …Es hombre muy delgado y pequeño, con aspecto de gran actividad personal; su rostro es bien formado pero arrugado por la fatiga y la ansiedad. El fuego de sus vivaces ojos negros es muy notable. Tiene grandes bigotes y cabello negro y encrespado. Después de muchas oportunidades de verle, puedo decir que nunca encontré cara que diese la idea más exacta del hombre. Intrepidez, resolución, actividad, intriga, y espíritu perseverante y resuelto, se marcaban en todos los movimientos de su cuerpo.

    Su traje en esta ocasión era sencillo, aunque militar. Vestía, como de costumbre, chaquetilla y pantalón azules, con botas granaderas…

    1824. Por el General Guillermo Miller
    Probablemente en Huaras (Perú)

    Guillermo Miller, memorias del General Miller al servicio de la República del Perú, escritas en inglés por Jhon Miller y traducidas al castellano por el general Torrijos. Madrid, S.A., Tomo II, p. 290. Transcritas por Busaniche, o.c., p. 130.

    El general Bolívar es delgado y algo menos que de una regular estatura. Se viste bien y tiene un modo de hablar y presentarse franco y militar. Es jinete muy fuerte y atrevido, y capaz de resistir grandes fatigas. Sus maneras son buenas y su aire sin afectación pero que no predispone mucho en su favor. Se dice que en su juventud fue de buena figura, pero actualmente es de rostro pálido, pelo negro con canas y ojos negros y penetrantes pero generalmente inclinados a tierra o de lado cuando habla; nariz bien formada, frente alta y ancha y barba afilada; la expresión de su semblante es cautelosa, triste y algunas veces de fiereza. Su carácter, viciado por la adulación, es arrogante y caprichoso. Sus opiniones con respecto a los hombres y a las cosas son variables, y tiene casi una propensión a insultar, pero favorece demasiado a los que le humillan y con estos no guarda ningún resentimiento. Es un apasionado admirador del bello sexo, pero extremadamente celoso. Tiene afición a valsar y es muy ligero pero no baila con gracia.

    Su imaginación y su persona son de una actividad maravillosa; cuando no está en movimiento está siempre leyendo, dictando cartas, etc., o hablando. Su voz es gruesa y áspera pero habla elocuentemente en casi todas las materias. Su lectura la ha dedicado casi exclusivamente a autores franceses y de ella provienen los galicismos que tan comúnmente emplea en sus escritos; escribe de un modo que hace impresión, pero su estilo está viciado por una afectación de grandeza que desagrada.

    Hablando también y fácilmente como lo hace, no es de extrañar que prefiera escucharse a sí que oír a los demás, y que mantenga la conversación en las sociedades que recibe. Da grandes convites y no hay nadie que tenga cocineros más hábiles que él, ni dé mejores comidas; pero es tan parco en comer y beber, que raramente ocupa su puesto en su propia mesa hasta que casi se ha acabado de comer, habiendo comido antes, probablemente en privado, uno o dos platos simples. Es muy aficionado a hacer brindis, los cuales anuncia del modo más elocuente y adecuado, y es tan grande su entusiasmo, que frecuentemente se sube a la silla o a la mesa para proponerlos.

    Aunque el cigarro es de uso universal en la América del Sur, Bolívar no fuma ni permite fumar en su presencia. Nunca está ni se presenta sin la comitiva correspondiente y guarda una grande etiqueta, y aunque desinteresado en extremo en lo concerniente a asuntos pecuniarios, es insaciablemente codicioso de gloria…

    1824. Junio. Hiran Paulding
    En Huaras (Perú)

    (P. 73 de la ed. Facsímile hecha en Bogotá, 1961, de un rasgo de Bolívar en campaña. Juan de la Granja, Nueva York, 1835).

    En la conversación ordinaria el semblante de Bolívar presentaba un aire melancólico, y apenas levantaba los ojos del suelo; pero si trataba algún asunto que le interesaba mucho, entonces adquiría mucha vivacidad, miraba cara a cara al que le escuchaba atento y en cada gesticulación se veía expresada un alma encendida de vivas pasiones.

    Era bien parecido, tanto de semblante como de persona. Su estatura, aunque no alta, tampoco era pequeña; tenía la tez trigueña, aunque tal vez estaba más de lo que realmente era, por estar continuamente expuesto a las faenas e intemperies de una vida militar en un clima cálido. Sus ojos tenían una expresión que creo no  puede pintarse ni con el pincel ni con la pluma. El color de ellos era castaño y oscuro. Todo en él era grande e infundía respeto y admiración….

    1824. la impresión de C. Van Dockum
    C. Van Dockum, Gramle Minder fra Tjenesteaarene Ombord i Franske Skibe, 1823- 1829. Kobenhavn, 1888. Traducción de Cristian F. Witzke. Citado por Arocha, o.c., p.37.

    Su aspecto y actitud eran los de perfecto militar. De estatura mediana, muy flaco y de constitución física bastante raquítica; el bigote grande y negro; éste, lo mismo que su abundante cabellera, comenzaba a encanecer, pero le daban un aspecto marcial, que estaba en manifiesta oposición con su voz débil y con su desmedrada figura. La cara decaída, oscura y quemada por el sol, comprobaba las fatigas que había pasado; mientras que la frente alta y la seriedad de sus modales inspiraban veneración, e involuntariamente se veía uno obligado a inclinarse delante de él, aunque no afectaba presunción ni despotismo.

    A mi me produjo la impresión de un grande hombre, satisfaciendo en todo sentido la idea que nos habíamos formado de él, según las descripciones que se nos habían hecho…

    1824. Alfonso Moyer
    Alfonso Moyer, en Carlos A. Villanueva, Fernando VII y los nuevos Estados, París, 1911, p.247. Citado por Busaniche, o.c., p.158.
    El General Bolívar representa unos cuarenta y cinco años de edad: estatura mediana, cuerpo excesivamente flaco. Su aspecto es el de un hmbre enfermo y fatigado. Sus modales, fáciles y desenvueltos, revelan una buena educación. La frente, si bastante despejada, está llena de profundas arrugas. El pelo, ya escaso y muy corto, está blanco. La cabeza es pequeña y larga. La tez y la fisonomía son españolas. La boca está cubierta por un espeso bigote. Las cuencas de los ojos no pueden juzgarse como hundidas; y si estos ojos pueden considerarse faltos de viveza, no dejan de ser penetrantes; casi nunca los fija sobre su interlocutor, pero cuando los levanta, lo hace con una especie de impasibilidad tan tranquila y grave, que caracterizan la expresión de su fisonomía, al menos en el silencio de toda pasión, como ocurrió en el momento en que pude juzgarle, pues esta fisonomía es susceptible de animarse…

    1825. 18 de octubre. José Andrews
    En Potosí

    José Andrews, Viaje de Buenos Aires a Potosíy Arica en los años 1825 y 1826, traducción de Carlos A. Aldao, Buenos Aires, 1920. Transcrito por Busaniche, o.c., pp. 214, 215, 216.

    El 18 de octubre fui presentado a Bolívar. No diré que no sintiese en el momento de la presentación la sensación peculiar que siempre inspira la presencia de un carácter que ha llenado el mundo con sus hechos. No obstante, si experimenté  cualquier sentimiento próximo a la humildad en la ocasión, motivado por la admiración provocada por la influencia moral del hombre, rápidamente se disipó, dado el modo de recibirme con un apretón de manos cordial, franco, inglés… Como hombre a mi ver, había ganado más que Washington. Había libertado a su país sin ayuda extranjera y con todas las desventajas posibles. Ninguna Francia le había ofrecido ejércitos y tesoros para ayudarle. Ningún Franklin, Henry y Jefferson estaban a su derecha, ni la austera inflexible raza de una Nueva Inglaterra. La ignorancia y completa falta de experiencia de quienes lo rodeaban, en sus asuntos civiles y militares, echó todo sobre su genio: osó noblemente y tuvo éxito. Su talento en la batalla y su perseverancia invencible a despecho de todo obstáculo, no sobrepasan su habilidad en levantar recursos para la guerra e imprimir en sus conciudadanos confianza en su capacidad y respeto hacia su gobierno como jefe de un pueblo…

    En el movimiento de ejércitos más grandes, con material mejor formad, puede haber sido excedido; pero en las cualidades pasivas del soldado, las más raras que se encuentran en el carácter militar, pocos o nadie le han igualado: hambre, sed, calor tórrido, frío de montaña, fatigas, largas marchas, (respecto a distancia, de Caracas a Potosí, desde el centro de la mitad septentrional de la zona tórrida hasta casi el límite extremo de la austral, en una ocasión) en desiertos y ardientes arenales, todos fueron soportados por él y sus compañeros, con paciencia nunca eclipsada por semejantes o por cualesquiera otros medios, y coronados por éxito completo. Se le ha acusado de propósitos ambiciosos al poder absoluto; el tiempo solamente decidirá de este punto. Hasta ahora no ha demostrado tal disposición sino más bien la inversa.

    La persona de este hombre extraordinario quizás haya sido antes descripta: es delgado, pero de contextura activa y resistente, y de cinco pies y siete pulgadas de estatura, rasgos más bien afilados, nariz aguileña y expresión firme, pero de ninguna manera reveladora de inteligencia. Además, su semblante generalmente muestra señales de fatiga y está consumido por el afán. Sus ojos son penetrantes más bien que inteligentes y rara vez permite que un extraño los mire de frente…  Su frente está arrugada por el pensamiento y la ansiedad, de tal modo, que un mal ceño aparece casi siempre en ella. Cuando daba audiencia, sentado, como era su costumbre, parecía carecer de la presencia y porte fáciles de personas en tal situación, y tenía la torpe costumbre de pasarse las manos, adelante y atrás, sobre las rodillas. Su manera de hablar era muy rápida pero monótona, y de ningún modo daba al extraño opinión favorable de su urbanidad… y sería bastante extraño que la figura de Bolívar no se hubiese teñido algo con la naturaleza tormentosa, bélica y singular de los variados escenarios que había afrontado.

    … Era notablemente vivaz en la percepción de cualquier tema que se le expusiese, adelantándose al narrador en las circunstancias, y llegando con rapidez a la conclusión que se tenía en vista, por una especie de percepción por Busaniche, o.c., intuitiva…

    1825.  El cónsul General Henderson en carta a Mr. Canning

    En Villanueva, el imperio de los Andes, transcrito por Busaniche, p. 234.

    La estatura del general Bolívar no es tan pequeña como generalmente se dice, es delgado pero tiene las más finas proporciones. Su tez es ahora oscura a causa de su vida en la intemperie. Cuando no habla, su semblante toma el tinte de la melancolía. De pelo negro (en febrero de 1825 estaba ya canoso, nota de Villanueva) ligeramente rizado y tan bien dispuesto por la naturaleza que deja despejada su ancha frente. Ojos oscuros y vivos. Nariz romana. Boca notablemente bella. Barba más bien puntiaguda. Cuando le hablan baja regularmente la vista, circunstancia que permite a su interlocutor hablar sin ser perturbado por la ardiente penetración de su mirada. Su voz tiene algo de rudo, pero esto lo modera, haciendo grata la conversación con su franqueza, y su excesiva amabilidad. Su presencia es distinguida y agradable. Para todos tiene grandísima condescendencia y afabilidad. Cabalga y camina con gracia, y baila el vals con animación y elegancia. Tiene la firmeza y tacto de un gran orador, llegando en ocasiones hasta la elocuencia. La viveza de su ingenio, ya sea hablando en público, ya en conversaciones privadas, puede compararse con su decisión y presencia de ánimo en general.

    1827. 9 de julio. Samuel Haigh
    Cuartel del Libertador, cerca de Cartagena
    Sanuel Haigh, Bosquejo de Buenos Aires, Chile y Perú, traducción y prólogo de Carlos A. Aldao, Buenos Aires, 1920, transcrito por Busaniche, o.c., pp. 241, 242, 243.

    El General Bolívar residía entonces en un pueblito a dos leguas de Cartagena. Estaba a punto de salir para Santa Fe de Bogotá… El Libertador dormía la siesta en una pieza interior y el coronel Wilson fue a avisarle que yo acababa de llegar del Perú. Pocos momentos después apareció el Libertador. Conocile inmediatamente por el parecido con el retrato, pintado por un indio, que había en el Perú. Vestía traje matinal de algodón estampado, con zapatillas coloradas. Me recibió muy cordialmente, haciéndome sentar en un sofá…

    Mis impresiones del carácter de Bolívar fueron superiores y no inferiores a mi expectativa. Se le ha descrito como brusco de maneras, pero era muy suave y caballeroso. Su nervio y perseverancia extraordinarios en combatir por la independencia suramericana se reconocerán hasta por sus mayores enemigos… Bolívar y San Martín son los hombres más célebres surgidos de la pasada revolución. Mientras el primero subyugaba el poder español en Colombia, rodeado de desventajas y dificultades inauditas, el segundo era igualmente feliz en las provincias argentinas y en la admirable invasión a Chile y toma de Lima. Estos dos vencedores conferenciaron en Guayaquil… pero no se entendieron supongo que “porque dos astros no se mueven en la misma órbita”.
    Bolívar tiene cinco pies y ocho pulgadas de estatura: es muy delgado pero musculoso, de mejillas chupadas y consumidas, color cetrino, nariz bellamente aguileña, ojos grandes y negros con expresión muy viva, frente más alta de lo común pero surcada; el cabello negro se ha vuelto gris, más por el afán que por la edad; realmente su aspecto de conjunto sugiere la idea de no ser un hombre vulgar…

    1827. J.P. Hamilton
    J.P. Hamilton, Travels through the interior provinces of Columbia, London, 1827. Citado por Arocha, o.c., p. 28.

    Los ojos de Bolívar son negrísimos, rasgados llenos de fuego y penetración; su nariz, aguileña, bien formada; su rostro, un tanto largo y surcado por las arrugas que el afán y la ansiedad producen; su tez, descolorida…

    1827. Últimos meses. Francois Desiree Roulin
    En Bogotá
    En Blanco y Azpurúa, tomo XIV, p.485, transcrito por Busaniche, o.c., p. 248 y 249.

    Era Bolívar hombre de talla poco menos que mediana, pero no exenta de gallardía en sus mocedades; delgado y sin musculación vigorosa, de temperamento esencialmente nervioso y bastante bilioso; inquieto en todos sus movimientos,  de indicativos de un carácter sobrado impresionable, impaciente e imperioso. En su juventud había sido muy blanco, (aquel blanco mate del venezolano raza pura española); pero al cabo le había quedado la tez bastante morena, quemada por el sol y las intemperies de quince años de campañas y viajes; y tenía el andar más bien rápido que mesurado, pero con frecuencia cruzaba los brazos y tomaba actitudes esculturales, sobre todo en los momentos solemnes.

    Tenía la cabeza de regular volumen, pero admirablemente conformada, deprimida en las sienes, prominentes en la parte anterior y superior, y más abultada aún en la posterior. El desarrollo de la frente era enorme, pues ella sola cu enbastante más de un tercio del rostro, cuyo óvalo era largo, anguloso, agudo en la barba y de pómulos pronunciados. Casi siempre estuvo el Libertador totalmente  afeitado, fuese por sistema o por no tener barba graciosa ni abundante. Tenía los cabellos crespos, y los llevaba siempre divididos entre una mecha enroscada sobre la parte superior de la frente, y que deja sobre las sienes, peinadas hacia adelante. Algunos escritores han dicho que Bolívar tenía la nariz “aguileña”, seguramente por no dar a este adjetivo su acepción verdadera, que es la de corvo como pico de águila. Lejos de esto, el Libertador tenía el perfil enteramente vascongado y griego, principalmente por el corte del rostro, la pequeñez de la boca, la amplitud de la frente y la rectitud de la nariz, muy finalmente delineada. Al propio tiempo que tenía la frente más levantada en la región de los órganos de la imaginación,   prominente en las cejas, bien arqueadas y extensas, donde se ponían de manifiesto los signos de la perspicacia y de la prontitud y grandeza de percepción. Como tenía profundas las cuencas de los ojos, estos que eran negros, grandes y muy vivos, brillaban con un fulgor eléctrico, concentrando su fuego cual si sus miradas surgiesen de profundos focos.

    Era Bolívar hombre de lenguaje rápido e incisivo, así en su conversación (en las que no pocas veces fue indiscreto) siempre animada, breve y cortante (a las veces aguda) como en sus discursos y proclamas; y si en estas piezas se mostraba grandilocuente, deslumbrador y siempre original  y encumbrado, en la correspondencia con los amigos o con los altos personajes, bien que razonaba y mostraba sencillamente su saber histórico, era más perentorio que persuasivo, más conciso que seductor, por lo que de ordinario escribía cartas lacónicas, sustanciosas y de pocos o ningunos pormenores. Su réplica en la conversación era pronta; frecuentemente brusca y en ocasiones hasta dura y punzante; pocas veces, en circunstancias delicadas, contestó a cumplimientos, a súplicas interesadas, o palabras lisonjeras, con agudezas muy oportunas pero rudas, y aún terribles epigramas: no las agudezas del ingenio que quiere agradar, sino de la voluntad que se impacienta y desea hacerse sentir y obedecer.

    Con sus discursos oficiales, pronunciados siempre así como sus arengas militares en acento agudo, fuerte y vibrante, Bolívar procuró en todo caso, así lo creo, producir un contraste: hacer notar la grandeza de su misión y de sus esfuerzos y merecimientos, sin mostrarse vano ni jactancioso, sino al contrario, expresándose con cierto mesurado tono de sencillez y modestia, por las formas del lenguaje: y al mismo tiempo exhibirse ante los ejércitos y los pueblos bajo la luz de un gran desinterés y una constante disposición a someterse a todos los sacrificios posibles…

    1828. Junio. Luis Perú de La Croix
    Bucaramanga
    Luis Perú de La Croix, Diario de Bucaramanga, publicado por primera vez con una introducción y notas por Cornelio Hispano, París, s.a., (1912?). séptima ed., Bogotá, 1945.
    (P.149). El general en jefe Simón José Antonio Bolívar cumplirá cuarenta y cinco años el 24 de julio de este año (1828). Representa, sin embargo, cincuenta. Su estatura es mediana, el cuerpo delgado y flaco; los brazos, los muslos y las piernas, descarnados. La cabeza larga, ancha en la parte superior y muy afilada en la inferior. La frente grande, despejada, cilíndrica y surcada de arrugas hondas cuando el rostro no está animado y en momentos de mal humor y de cólera. El pelo crespo, erizado, abundante y canoso. Los ojos, que han perdido el brillo de la juventud, conservan la viveza de su genio: son profundos, ni pequeños, ni grandes, las cejas espesas, separadas, poco arqueadas y más canosas que el pelo. La nariz proporcionada. Los huesos de los carrillos agudos y las mejillas chupadas en la parte inferior. La boca algo grande, saliente el labio inferior; los dientes blancos y la risa agradable. La barba larga y afilada. El rostro moreno y tostado, y se oscurece más con el mal humor; entonces el semblante cambia, las arrugas de la frente y las sienes se tornan más profundas, los ojos se achican, el labio inferior se pronuncia más y la boca es fea; en fin, aparece una fisonomía diferente, un rostro ceñudo que manifiesta pesadumbre, pensamientos tristes e ideas sombrías. Cuando está contento, todo esto desaparece; la cara es risueña y el espíritu del Libertador brilla sobre su fisonomía. S.E. no usa ahora bigotes ni patillas. Tal es el retrato físico del Libertador… su retrato moral hará ver que no son falsas aquellas señas físicas y exteriores.

    Nació el General Bolívar con un genio fecundo y ardiente, con una inteligencia inmensa y relativa al órgano cerebral que le dio la naturaleza… el Libertador es enérgico. Sus resoluciones, férreas y sabe sostenerlas; sus ideas jamás comunes: siempre grandes, elevadas y originales. Sus modales son afables, con el buen tono de los europeos de la alta sociedad. Practica la sencillez y la modestia republicanas, pero tiene el orgullo de un alma noble y elevada, la dignidad de su rango y el amor propio que da el mérito y conduce al hombre a las grandes acciones. La gloria es su ambición, y sus laureles, haber libertado diez millones de hombres y haber fundado tres repúblicas. Su genio es emprendedor y une a esta cualidad, la actividad, la viveza, infinitos recursos en las ideas y la constancia necesaria para la realización de sus proyectos. Es superior a las desgracias, al infortunio y a los reveses… es susceptible de mucho entusiasmo. Su desinterés es igual a su generosidad. Le gusta la discusión; domina en ella por la superioridad de su espíritu, pero se muestra algunas veces demasiado absoluto y no es siempre bastante tolerante con los que contradicen. Desprecia la vil lisonja y los bajos aduladores; la crítica de sus hechos lo afecta; la calumnia lo irrita y nadie es más amante de su reputación que él. Pero su corazón es mejor que su cabeza. La ira nunca es en él duradera.

    La actividad de espíritu y de cuerpo mantiene al Libertador en continua agitación. Quien lo viera y observara en ciertos momentos, sin conocerlo, creería ver a un loco… La cólera del Libertador dura poco; unas veces es ruidosa, otras silenciosa… La primera la pasa con algún criado, regañándolo o echando a solas c… sin estar colérico, S.E. a veces es silencioso y taciturno: entonces tiene algún pesar o proyecto entre manos, y hasta que haya tomado su resolución, que comúnmente es pronto, no le pasa el mal humor o la inquietud. Las preguntas de S.E. son cortas y concisas y le gustan respuestas semejantes. No tolera nada difuso… No le gustan los mal educados, los atrevidos, los charlatanes, los indiscretos, ni los descomedidos, y los critica ponderando siempre sus defectos. (p.271 de Busaniche).

    (p.157). El Libertador se viste elegantemente; todos los días, o por lo menos cada dos días, se afeita él mismo; se baña mucho; cuida sus dientes y el pelo. Aquí anda siempre de paisano: botas altas a lo escudero, corbata negra puesta a los militar, chaleco blanco, también militar, pantalones del mismo color, levita o casaca azul y sombrero de paja.

    (p. 157). S.E. es ambidextro. Su edecán Ibarra me ha asegurado haberle visto pelear con ambas manos y, teniendo cansada la derecha, pasar a la izquierda. Así sucedió en unos encuentros que tuvo en la derrota de Barquisimeto, en noviembre del año trece, y en la puerta el año catorce. S.E. se afeita, trincha y maneja el florete con ambas manos. No fuma ni permite que se fume en su presencia, no toma rapé, y nunca hace uso de aguardiente u otros licores fuertes. En el almuerzo no toma vino; en las comidas, dos o tres copitas de burdeos, sin agua, o de Madera, y una o dos de champaña. Muchas veces no prueba el café. Come bastante al almuerzo y a la comida, y le gusta mucho el ají… el Libertador prefiere las arepas de maíz al mejor pan, come más legumbres que carne; casi nunca prueba los dulces pero le gustan mucho las frutas. Prepara él mismo la ensalada y dice que nadie la prepara mejor que él, y que esa habilidad la debe a las damas de Francia… En la iglesia se mantiene con mucha compostura y respeto y no permite que los que están con él se aparten de aquella regla… Pero S.E. ignora, cuando está en misa, el momento en que debe ponerse de rodillas, o mantenerse en pie o sentarse. Nunca se persigna. Algunas veces habla con el que está a su lado, pero muy poco o muy pasito…

    Su excelencia alaba siempre, o sostiene, o aprueba con algo de exageración.

    Lo mismo sucede cuando critica o cuando condena. En la conversación hace muchas citas, pero siempre bien traídas. Voltaire es su autor favorito, y tiene en la memoria muchos pasajes de sus obras, tanto en prosa como en verso. Conoce bien todos los buenos autores franceses, algo los italianos e ingleses y es muy versado en la literatura española. Gusta mucho S.E. de hablar de sus primeros años, de sus primeros viajes, de sus primeras campañas, de sus antiguos amigos y de sus parientes. No he oído nunca una calumnia de su boca. El Libertador ama la verdad, la heroicidad, el honor, las consideraciones sociales y la moral pública, y detesta y desprecia todo lo que se oponga a estos grandes y nobles sentimientos.

    1829. Augusto Le Moyne
    A. Le Moyne, Viajes y estancias en América del Sur… Bibl. Popular de Cult. Colombiana. Ed. Centro, Bogotá, 1945, p.225.

    Como tuve la fortuna de conocerlo personalmente y de haber sido admitido a su intimidad, durante los años de 1829 – 1830, empezaré por hablar de su persona.

    De estatura regular y de complexión, sino robusta en apariencia, por lo menos capaz, como lo demostró, de soportar las mayores fatigas; los ojos grandes y la mirada viva que resplandecía en ellos denotaban un alma ardiente; tenía la cara alargada, la frente espaciosa, la tez morena y la nariz aguileña, pero bien dibujada. Sus modales eran distinguidos; cuando concedía audiencias solemnes o hablaba en público, acostumbraba a cruzar los brazos sobre el pecho, y en esa actitud tenía un aire lleno de dignidad. La instrucción que recibió durante su juventud y que consolidó en los viajes que hizo a Europa bajo la dirección de su sabio preceptor Simón Rodríguez, era muy amplia. Cuanto vio y aprendió quedó admirablemente clasificado en su prodigiosa memoria; hablaba correctamente el francés y un poco de inglés y el italiano; en todas las materias se expresaba con esa elegancia fácil y rápida que debía a la cultura de su espíritu; finalmente, era de un natural afable, bueno y generoso en extremo e incapaz de guardar mucho tiempo rencor, hasta a sus enemigos más implacables.

    Después de 1830. José Manuel Restrepo

    José Manuel Restrepo. Historia de la Revolución de la República de Colombia. Edición de Bogotá, 1950, Tomo VIII, p.162.

    Bolívar era de estatura mediana, de un cuerpo seco y descarnado; cuando joven, de un color blanco y una hermosa tez; pero después de sus campañas estaba moreno y pálido. Era oval su cara, sus ojos vivos y penetrantes, y su imaginación ardiente. En el trato era festivo y franco en extremo, pero no perdía la sobriedad. Amó a las mujeres, especialmente en la juventud. Respetaba la religión católica, aunque sus opiniones fueran libres, y dirigía su culto a la divinidad. La generosidad y el desinterés son dos virtudes que poseía en grado eminente: él murió pobre después de haber mandado catorce años a Colombia y Perú. Bolívar como guerrero es comparable a los primeros hombres que nos presenta la historia antigua y moderna. Genio vasto para concebir sus planes: actividad sin igual para ejecutarlos, superando cualesquiera dificultades: audacia, etc., valor, constancia, y sufrimiento en las desgracias hasta cautivar nuevamente la fortuna, y talento creador para sacar de la nada los recursos.

     

    UN CANTO PARA BOLÍVAR DE PABLO NERUDA

    Padre nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
    De toda nuestra extensa latitud silenciosa:
    Todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada;
    Tu apellido la caña levanta a la dulzura,
    El estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,
    El pájaro Bolívar sobre el volcán bolívar,
    La patata, el salitre, las sombras especiales,
    Las corrientes, las vetas de fosfórica piedra,
    Todo lo nuestro viene de tu vida apagada;
    Tu herencia fueron ríos, llanuras, campanarios;
    Tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre.
    Tu pequeño cadáver de capitán valiente
    Ha extendido en lo inmenso su metálica forma;
    De pronto salen dedos tuyos entre la nieve
    Y el austral pescador saca a la luz de pronto
    Tu sonrisa, tu voz, palpitando en las redes.
    ¿De qué color la rosa que junto a tu alma alcemos?
    Roja será la rosa que recuerde tu paso.
    ¿Cómo serán las manos que toquen tu ceniza?
    Rojas serán las manos que en ceniza nacen.
    ¿Y cómo es la semilla de tu corazón muerto?
    Es roja la semilla de tu corazón vivo.
    Por eso es hoy la ronda de manos junto a ti.
    Junto a mi mano hay otra, y hay otra junto a ella.
    Otra más, hasta el fondo del continente obscuro.
    Y otra mano que tu no conociste entonces
    Viene también, Bolívar, a estrechar a la tuya.
    De Teruel, de Madrid, de Jarana, del Ebro,
    De la cárcel, del aire, de los muertos de España
    Llega esta mano roja que es hija de la tuya.
    Capitán combatiente, donde una boca
    Grita libertad, donde un oído escucha,
    Donde un soldado rojo rompe una frente parda,
    Donde un laurel de libres brota, donde una nueva
    Bandera se adorna con la sangre de nuestra nueva tierra
    Bolívar, capitán, se divisa tu rostro.
    Otra vez entre la pólvora y humo tu espada está naciendo.
    Otra vez tu bandera con sangre se ha bordado.
    Los malvados atacan tu semilla de nuevo;
    Clavado en otra cruz está el hijo del hombre.
    Pero hacia la esperanza nos conduce tu sombra.
    El laurel y la luz de tu ejército rojo
    A través de la noche de América, con tu mirada mira,
    Tus ojos que vigilan más allá de los mares,
    Más allá de los pueblos oprimidos y heridos,
    Más allá de las negras ciudades incendiadas.
    Tu voz nace de nuevo; tu voz otra vez nace,
    Tu ejército defiende las banderas sagradas;
    La libertad sacude las campanas sangrientas
    Y un sonido terrible de sonidos precede
    La aurora enrojecida por la sangre del hombre.
    Libertador, un mundo de paz nació en tus brazos.
    La paz, el pan, el trigo de tu sangre nacieron;
    De nuestra joven sangre venida de tu sangre
    Saldrá la paz, pan y trigo, para el mundo que haremos!
    Yo conocí a Bolívar una mañana larga,
    En Madrid, en la boca del quinto regimiento.
    Padre, le dije: ¿eres o no eres, o quién eres?
    Y mirando el cuartel de la montaña, dijo:
    “ Despierto cada cien años, cuando despierta el pueblo”.
    Pablo Neruda
     

    JURAMENTO EN EL MONTE SACRO, ROMA
    PRONUNCIADO POR BOLÍVAR
    EL 15 DE AGOSTO DE 1805

    ¿Con que éste es el pueblo de Rómulo y Numa, de los Gracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano? Aquí todas las grandezas han tenido su tipo y todas las miserias su cuna. Octavio se disfraza con el manto de la piedad pública para ocultar la suspicacia de su carácter y sus arrebatos sanguinarios; Bruto clava el puñal en el corazón de su protector para reemplazar la tiranía de César con la suya propia; Antonio renuncia los derechos de su gloria para embarcarse en las galeras de una meretriz; sin proyectos de reforma, Sila degüella a sus compatriotas, y Tiberio, sombrío como la noche y depravado como el crimen, divide su tiempo entre la concupiscencia y la matanza. Por un Cincinato hubo cien Caracallas, por un Trajano cien Calígulas y por un Vespasiano cien Claudios. Este pueblo ha dado para todo: severidad para los viejos tiempos: austeridad para la república; depravación para los emperadores; catacumbas para los cristianos; valor para conquistar el mundo entero; ambición para convertir todos los estados de la tierra en arrabales tributarios; mujeres para hacer pasar las ruedas sacrílegas de su carruaje sobre el tronco destrozado de sus padres; oradores para conmover, como Cicerón; poetas para seducir con su canto, como Virgilio; satíricos, como Juvenal y Lucrecio; filósofos débiles, como Séneca; y ciudadanos enteros, como Catón. Este pueblo ha dado para todo, menos para la causa de la humanidad: Mesalinas corrompidas, Agripinas sin entrañas, grandes historiadores, naturalistas insignes, guerreros ilustres, precónsules rapaces, sibaritas desenfrenados, aquilatadas virtudes y crímenes groseros; pero para la emancipación del espíritu, para la extirpación de las preocupaciones, para el enaltecimiento del hombre y para la perfectibilidad definitiva de su razón, bien poco, por no decir nada. La civilización que ha soplado del Oriente, ha mostrado aquí todas sus fases, ha hecho ver todos sus elementos; mas en cuanto a resolver el gran problema del hombre en libertad, parece que el asunto ha sido desconocido y que el despeje de esa misteriosa incógnita no ha de verificarse sino en el Nuevo Mundo.

    ¡Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!.
     


    MANIFIESTO DE CARTAGENA
    (MEMORIA DIRIGIDA A LOS CIUDADANOS DE LA
    NUEVA GRANADA POR UN CARAQUEÑO)
    EL 15 DE DICIEMBRE DE 1812


    Libertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela, y redimir a esta de la que padece, son los objetos que me he propuesto en esta memoria. Dignaos, oh mis conciudadanos, de aceptarla con indulgencia en obsequio de miras tan laudables.

    Yo soy, granadinos, un hijo de la infeliz Caracas, escapado prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas y políticas, que siempre fiel al sistema liberal, y justo que proclamó mi patria, he venido a seguir aquí los estándares de la independencia, que tan gloriosamente tremolan en estos estados.

    Permitidme que animado de un celo patriótico me atreva a dirigirme a vosotros, para indicaros ligeramente las causas que condujeron a Venezuela a su destrucción: lisonjeándose que las terribles y ejemplares lecciones que ha dado aquella extinguida república, persuadan a la América, a mejorar de conducta, corrigiendo los vicios de unidad, solidez y energía que se notan en sus gobiernos.

    El más consecuente error que cometió Venezuela, al presentarse en el teatro político fue, sin contradicción, la fatal adopción que hizo del sistema tolerante: sistema improbado como débil e ineficaz, desde entonces, por todo el mundo sensato, y tenazmente sostenido hasta los últimos períodos, con una ceguedad sin ejemplo.

    Las primeras pruebas que dio nuestro gobierno de su insensata debilidad, las manifestó con la ciudad subalterna de Coro, que denegándose a reconocer su legitimidad, lo declaró insurgente, y lo hostilizó como enemigo.

    La Junta Suprema en lugar de subyugar aquella indefensa ciudad, que estaba rendida por presentar nuestras fuerzas marítimas delante de su puerto, la dejó fortificar, y tomar una actitud tan respetable, que logró subyugar después la confederación entera, con casi igual facilidad que la que teníamos nosotros anteriormente para vencerla: fundando la junta su política en los principios de humanidad mal entendida que no autorizan a ningún gobierno, para hacer por la fuerza, libres a los pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus derechos.

    Los códigos que consultaban nuestros magistrados, no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perceptibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos los filósofos por jefes; filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios, y de cosas, el orden social se resintió extremamente conmovido, y desde luego corrió el estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada.

    De aquí nació la impunidad de los delitos de estado cometidos  descaradamente por los descontentos, y particularmente por nuestros natos, e implacables enemigos, los españoles europeos, que maliciosamente se habían quedado en nuestro país, para tenerlo incesantemente inquieto, y promover cuantas conjuraciones le permitan formar nuestros jueces, perdonándoles siempre, aún cuando sus atentados eran tan enormes, que se dirigían contra la salud pública.

    La doctrina que apoyaba esta conducta tenía su origen en las máximas filantrópicas de algunos escritores que defienden la no residencia de facultad en nadie, para privar de la vida a un hombre, aún en el caso de haber delinquido este, en el delito de lesa patria. Al abrigo de esta piadosa doctrina, a cada conspiración sucedida otra conspiración que se volvía a perdonar, por que los gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia. ¡Clemencia criminal, que contribuyó más que nada, a derribar la máquina, que todavía no habíamos enteramente concluido!

    De aquí vino la oposición decidida, a levantar tropas veteranas disciplinadas, y capaces de presentarse en el campo de batalla, ya instruidas, a defender la libertad, con suceso y gloria. Por el contrario se establecieron innumerables cuerpos de milicias indisciplinadas, que además de agotar las cajas del erario nacional, con los sueldos de la plana mayor, destruyeron la agricultura, aislando a los paisanos de sus hogares; e hicieron odioso el gobierno que obligaba a éstos a tomar las armas, y a abandonar sus familias.

    “Las repúblicas, -decían nuestros estadistas-, no han menester de hombres pagados para mantener su libertad. Todos los ciudadanos serán soldados cuando nos ataque el enemigo. Grecia, Roma, Venecia, Suiza, Holanda, y, recientemente el Norte de América, vencieron a sus contrarios sin auxilio de tropas mercenarias siempre prontas a sostener al despotismo y a subyugar a sus conciudadanos”.

    Con estos antipolíticos e inexactos raciocinios, fascinaban a los simples; pero no convencían a los prudentes que conocían bien la inmensa diferencia que hay entre los pueblos, los tiempos, y las costumbres de aquellas repúblicas, y las nuestras. Ellas, es verdad que no pagaban ejércitos permanentes; mas era porque en la antigüedad no los había y solo confiaban la salvación, y la gloria de los estados, en sus virtudes políticas, costumbres severas, y carácter militar, cualidades que nosotros estamos muy distantes de poseer. Y en cuanto a las modernas que han sacudido el yugo de sus tiranos es notorio que han mantenido el competente número de veteranos que exige su seguridad: exceptuando al Norte de América, que estando en paz cvon todo el mundo, y guarnecido por el mar, no ha tenido por conveniente sostener en estos últimos años el completo de tropa veterana que necesita para la defensa de sus fronteras y plazas.

    El resultado probó severamente a Venezuela el error de su cálculo; pues los milicianos que salieron al encuentro del enemigo, ignorando hasta el manejo del arma, y no estando habituados a la disciplina y obediencia, fueron arrollados al comenzar la última campaña, a pesar de los heroicos y extraordinarios esfuerzos que hicieron sus jefes, por llevarlos a la victoria. Lo que causó un desaliento general en los soldados y oficiales; porque es una verdad militar que, sólo ejércitos aguerridos, son capaces de sobreponerse a los primeros infaustos sucesos de una campaña. El soldado bisoño lo cree perdido, desde que es derrotado una vez, porque la experiencia no le ha probado que el valor, la habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna.

    La subdivisión de la provincia de Caracas proyectada, discutida y sancionada por el Congreso Federal, despertó y fomentó una enconada rivalidad en la ciudades, y lugares subalternos, contra la capital: “la cual decían los congresales ambiciosos de dominar en sus distritos, era la tiranía de las ciudades, y la sanguijuela del estado. De este modo se encendió el fuego de la guerra civil en Valencia, que nunca se logró apagar, con la reducción de aquella ciudad: pues conservándolo encubierto, le comunicó a las otras limítrofes

     


     
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